La obra de Alain Badiou es extensa, abarca textos de gran contenido abstracto matemático en sus comienzos e incorpora lo político, artístico y amoroso con el paso del tiempo; hoy podemos decir  arriesgando esta postura, que la suya es una trilogía dentro de otra trilogía. El eje de esas trilogías es la cuestión ontológica que hace ruptura con la metafísica moderna y la metafísica en general. Tomo entonces tres textos fundamentales del pensamiento filosófico contemporáneo: Ser y tiempo (1927) de Martín Heidegger, El ser y la nada (1943) de Jean Paul Sartre y El ser y el acontecimiento (1988) de Alain Badiou.

El ser y el acontecimiento es el primero de la trilogía de Badiou, continúa con Lógicas de los mundos. El ser y el acontecimiento 2 (2006) y La inmanencia de las verdades (se publicará en 2018). Esta división intenta cumplir una función didáctica, la de ordenar una vasta obra que contiene muchos libros, artículos, entrevistas, debates y conferencias publicadas, destacando sobretodo su Teoría del sujeto (1982) y La República de Platón (2012).

 

Ontología

Badiou propone reformular una teoría ontológica desde el reconocimiento de una actualidad que considera un «cierre de la edad metafísica». Esta clausura de la época del pensamiento metafísico está representada en distintas propuestas, una es la de Heidegger que habla del olvido inaugural de la pregunta por el ser; otra es la de la Filosofía Analítica de Wittgenstein que reduce el pensamiento filosófico a meros juegos del lenguaje; la de Karl Marx que declara el fin de la filosofía, hasta llegar a Jacques Lacan que admite la necesidad de la antifilosofía [1].

En este acuerdo por cerrar la edad metafísica, se gestan los desacuerdos en cuanto a considerar ese cierre como revolución, como retorno o como crítica; ese cierre posibilita la declamación de un planteo que pierde, olvida o abandona el esfuerzo por pensar el ser en tanto ser. Para Badiou resulta necesario continuar con el planteo ontológico del ser de lo que es, pero lo hace planteando la necesidad de las cuatro condiciones de la filosofía en una operación que debe reunir las verdades producidas por estas condiciones que se encuentran desarticuladas e incomunicadas entre sí. El propósito de la filosofía es el de composibilitar esas producciones de verdad desde una nueva proyección ontológica.

La filosofía funda su lugar sobre «recusaciones» y sobre «declaraciones». Recusa lo anterior, lo dado, lo heredado; esto le permite declarar un pensamiento nuevo, propio, actualizado de lo que se piensa en una actualidad. Esta novedad, inevitable por otra parte, es la respuesta que Badiou ofrece ante el desencanto posmoderno de la ausencia de certezas, hoy llevada al extremo de la posverdad.

A partir de estos planteos el pensamiento de Badiou expone una teoría completa de la «estructura de las situaciones» [2], la que se construye matemáticamente a partir de la teoría de conjuntos que es el soporte de lo que él denomina una ontología del múltiple puro, a la que se agrega una teoría de la meta-estructura  que él mismo designa como «estado de las situaciones».  Continúa con una teoría del sujeto que plantea que todo sujeto es algo que surge en una estructura, la atraviesa, pero no es un efecto de ella. La categoría central de su ontología es la de «acontecimiento» que es un suplemento que aparece azarosamente [3].

El sujeto es una fidelidad al acontecimiento en una situación determinada, es una operación compleja que supone la estructura de la situación, pero a la vez provoca una ruptura en esa estructura.  Hay sujeto donde hay un defecto en la estructura, porque en ella existen fenómenos de creación y novedad, todo sujeto es una novedad.

«Sujeto» designa entonces un sistema de formas y operaciones, es el soporte material, la materialidad de ese sistema que es un cuerpo, se genera entonces una producción del conjunto que está estrechamente ligado a la producción de «verdad», de una verdad. Ese formalismo portado por un cuerpo puede dar lugar a tres posibilidades subjetivas:

  • Sujeto fiel a una verdad.
  • Sujeto reactivo que niega una  verdad.
  • Sujeto oscuro que oculta una verdad.

Los procedimientos de verdad son cuatro: ciencia (matema), arte (poema), amor y política. Las verdades son científicas, artísticas, amorosas y políticas; existen ejemplos de «acontecimientos» en cada una de esas verdades.

Junto a las teorías sobre la estructura y sobre el sujeto, Badiou expone una teoría de la política. La política no es un medio, no es un instrumento de transformaciones que son exteriores a ella, la política es una libertad subjetiva en sí misma, la política es un proceso real que conduce una verdad colectiva, que muestra las posibilidades igualitarias de una situación, la que no debe ser medida por sus resultados sino por su propio proceso. Su tesis es que toda política contiene su verdad en sí misma y la posibilidad subjetiva es infinita.

Su pregunta central es ¿cuál es la articulación del pensamiento con esta especie del ser que es el vacío y en esta expansión del ser que es infinita?: la respuesta que nos ofrece es esta ontología del múltiple puro.

Esta cita es un buen ejemplo para resaltar que en Badiou las verdades son científicas, artísticas, amorosas y políticas, y  que el pensamiento no debe quedar «suturado» [4] a ninguna de ellas.

 

Queda claro que lo que hay (los múltiples, las diferencias infinitas, las situaciones ‘objetivas’ por ejemplo, el estado ordinario de la relación con el otro antes de un encuentro amoroso) no puede definir una tal circunstancia. En este tipo de objetividad, el animal, universalmente, se desenvuelve como puede. Se debe entonces suponer que lo que convoca a la composición de un sujeto es un plus, o sobreviene en las situaciones como aquello de lo que hay de él en estas situaciones, y la manera usual de comportarse allí... Decimos que un sujeto, que sobrepasa al animal (pero el animal es su único soporte) exige que algo haya pasado, algo irreductible a su inscripción ordinaria en ‘lo que hay’. A este suplemento, llamémoslo un acontecimiento, y distingamos al ser‐múltiple, donde no se trata de la verdad (sino solamente de opiniones), del acontecimiento que nos coacciona a decidir una nueva manera de ser. Semejantes acontecimientos están perfectamente testimoniados: la Revolución francesa de 1792; el encuentro de Eloísa y Abelardo; la creación galileana de la física; la invención de Haydn del estilo musical clásico... Pero también: la revolución cultural China (1965‐1967); una pasión amorosa personal; la creación del matemático Grothendieck de la teoría de los Topos; la invención por Schoemberg del dodecafonismo... [5]

 

Alain Badiou es un filósofo contemporáneo, esto significa que está filosofando al calor del acontecimiento como le es propio decir, él es un filósofo del acontecimiento. El desafío para ir al encuentro de su obra es el trabajo metódico, incesante, que nos encamina a dialogar con pensadores de diferentes procedencias: matemáticos, poetas, cineastas, dramaturgos, filósofos; y así lograr encauzar nuestro deseo con el mismo ímpetu, para el matema como para el poema, la ciencia y el arte.

El lenguaje no es para él un recurso técnico, ni un instrumento de comunicación; es la búsqueda de un sentido aceptando al mismo tiempo el sin-sentido; en una época en el que estar-en-el-mundo para un filósofo implica salir de ese banquillo de los acusados en el que lo han dejado aquellos que necesitan encontrar en el pensamiento filosófico al culpable de los desastres del siglo XX. Me refiero a los que anunciaron el fin de las ideologías.

 

Filosofía

Su Manifiesto por la filosofía (1989) propone alcanzar un programa que haga «renacer» el pensamiento filosófico, esto es posible en la medida que podamos:

  • Definir el acontecimiento en contraposición al simulacro.
  • Composibilitar los cuatro operadores de verdad.
  • Evitar la tentación por oponer el pensamiento a lo impensable en términos de una oposición entre «humanidad» y «barbarie».

Al respecto él reflexiona de este modo:

 

Cuando se dice con ligereza que lo que hicieron los nazis (el exterminio) es del orden de lo impensable o lo inabordable, se olvida un punto capital: que lo pensaron y lo abordaron con el mayor de los cuidados y la más grande de las determinaciones.

Decir que el nazismo no es un pensamiento o, en términos más generales, que la barbarie no piensa, equivale de hecho a poner en práctica un procedimiento solapado de absolución. Se trata de una de las formas del ‘pensamiento único’ actual, que es en realidad la promoción de una política única. La política es un pensamiento, la barbarie no es un pensamiento: por lo tanto, ninguna política es bárbara. Este silogismo no apunta sino a disimular la barbarie —evidente, sin embargo— del capital parlamentarismo que hoy nos determina. Para salir de ese disimulo es preciso sostener, en y por el testimonio del siglo, que el nazismo mismo es una política, es un pensamiento. [6]

 

El Manifiesto por la filosofía [7] es una respuesta consistente en favor de la filosofía cuando había que defenderla ante los embates de los posmodernos, sobre todo a los que utilizaron la figura de Heidegger para afirmar que el último gran filósofo había sido un afiliado al partido nacional socialista, esto significó un argumento para declarar el fin de los filósofos como advertencia en base a aquella frase que sostiene que la razón crea monstruos [8].

En su Segundo manifiesto por la filosofía (2009) Badiou advierte que la existencia de la filosofía ya no se encuentra amenazada en su existencia total, pero sí en su existencia parcial como consecuencia de su artificialidad, los filósofos devenidos en comunicadores sociales están presentes en los medios masivos, en cafés filosóficos, son «paladines mediáticos» que han transformado al filósofo en un gurú. Badiou es a todas luces un filósofo «clásico» que nunca va a renunciar a la teoría ni a las ideas.

El corazón de su apuesta filosófica se encuentra en la Meditación 17 de su libro L’être et l’événement, donde habla del «Matema del acontecimiento».  La tesis principal anida en la siguiente afirmación: «...el acontecimiento hace un-múltiple de todos los múltiples que pertenecen a su sitio y del propio acontecimiento» [9].

«Acontecimiento» ,«situación» y «circunstancia», son los tres conceptos de la théorie badiousienne que conducen a plantear un pensamiento matemático, un pensamiento poético, un pensamiento amoroso; atravesados en la invención política del «sitio» en el que se da lugar a lo acontecimental.

Badiou ubica los acontecimientos en las siguientes situaciones:

 

  1. En el orden del matema, este acontecimiento lo constituye el trayecto que va de Cantor a Paul Cohen. Funda la paradoja central de la teoría de lo múltiple y lo articula, por primera vez de manera íntegramente demostrativa, en un concepto discernible de lo que es una multiplicidad indiscernible. Resuelve, en un sentido opuesto al que proponía Leibniz, la cuestión de saber si un pensamiento racional del ser-en-tanto-que-ser se pliega o no a la soberanía de la lengua... Si la verdad hace agujero en el saber, si no hay pues saber de la verdad sino solamente producción de verdades, es porque, pensada matemáticamente en su ser —como multiplicidad pura—, una verdad es genérica, está sustraída a toda designación exacta, es excedente con respecto a lo que ésta permite discernir. El precio de esta certeza es que la cantidad de un múltiple soporta una indeterminación, una especie de falla disyuntiva, que constituye todo lo real del ser mismo: resulta en verdad imposible pensar la relación cuantitativa entre el ‘número’ de elementos de un múltiple infinito y el número de partes. Esta relación tiene solamente la forma de un exceso errante: se sabe que las partes son más numerosas que los elementos (teorema de Cantor), pero ninguna medida de este ‘mas’ se deja establecer. [10]
  2. En el orden del poema, el acontecimiento lo constituye la obra de Paul Celan, a la vez por sí misma y por lo que detenta, en el borde último, de la totalidad de la edad de los poetas... Leo en ellos, poéticamente enunciada, la confesión de una poesía  que sin bastarse ya a ella misma, pide ser liberada de la carga de la sutura; una poesía en espera de una filosofía liberada de la autoridad aplastante del poema... El drama de Celan consistió en tener que afrontar el sentido del sin-sentido de la época, su desorientación, con el único recurso solitario del poema. [11]
  3. En el orden del amor, del pensamiento del amor como portador efectivo de verdades, el acontecimiento lo constituye la obra de Jacques Lacan (...) Puede parecer extraño hacer de Lacan un teórico del amor, y no del sujeto, o del deseo. Lo que ocurre es que examino aquí su pensamiento desde el estricto punto de vista de las condiciones de la filosofía (...) Es probable (...) que el amor no sea un concepto central de la obra explícita de Lacan. Sin embargo, a través de las innovaciones de pensamiento que tratan del amor, su empresa constituye acontecimiento y condición para el renacimiento de la filosofía (...) Porque es a partir del amor como se piensa el Dos en tanto que división del dominio del Uno, del que sin embargo soporta la imagen (...) Diré en mi lenguaje que el amor hace advenir como multiplicidad sin nombre, o genérica, una verdad sobre la diferencia de los sexos, verdad evidentemente sustraída al saber, especialmente al saber de los que se aman. El amor es la producción, fiel al acontecimiento-encuentro, de una verdad sobre el Dos. [12]
  4. En el orden de la política, el acontecimiento está concentrado en la secuencia histórica que va más o menos de 1965 a 1980... Se trata de: mayo del 68 y sus secuelas, la revolución cultural china, la revolución iraní, el movimiento obrero y nacional en Polonia (‘Solidaridad’)... los acontecimientos en cuestión no están aún nombrados, o más bien que el trabajo de su nominación (lo que llamo la intervención del acontecimiento) no está, ni mucho menos, concluido. Una política es hoy, entre otras cosas, la capacidad para estabilizar fielmente y a largo plazo esta nominación. La filosofía está bajo condición de la política en la exacta medida en que lo que ella dispone como espacio conceptual se confirma homogénea a esta estabilización, cuyo proceso propio es estrictamente político. [13]

 

La filosofía hace un esquema de conexión de las figuras de lo sustractivo que le aportan los acontecimientos: lo indecidible, lo indiscernible, lo genérico y lo innombrable. En esa conexión se hace posible una doctrina filosófica de la Verdad. «Tal esquema dispone al pensamiento del vacío sobre cuyo fondo las verdades son captadas» [14].

Todo este proceso filosófico está amenazado por un adversario, el sofista. Para el sofista la estrategia del lenguaje ahorra toda aserción positiva concerniente a las verdades. La filosofía es la separación de su doble: la sofística.

Narciso encuentra en el espejo del lago el rostro de su propia muerte; en todas las leyendas el doble es mortal; puesto que el doble se forma en el estadio arcaico en que el otro se confunde con el cuerpo propio. «La filosofía es siempre la fractura de un espejo», dice Badiou. Es por esto que la filosofía debe vencer una y otra vez la tentación de confundirse con su doble, sin que esto le signifique la captura de verdades, es decir, que la filosofía se presente como la autora de esas verdades.

En esta «retención» respecto de su doble sofístico radica la ética de la filosofía que previene el desastre. La filosofía debe sustraerse al desdoblamiento del par «vacío/sustancia» para tratar esa duplicidad «sofista/filósofo».

 

La historia de la filosofía es la historia de su ética: una sucesión de gestos violentos a través de los cuales la filosofía se retira de su reduplicación desastrosa... La filosofía en su historia no es más que una desustancialización de la Verdad, que es también la autoliberación de su acto. [15]

 

Badiou intenta reunir al matema y al poema como condiciones de la filosofía por medio de su vocación por de-suturar la filosofía de las condiciones que la han aprisionado en las diferentes escuelas, siempre por separado.  Es su intención promover el encuentro entre Cantor y Celan para abrir la interrogación ontológica del sin-sentido en el sentido del discurso.

Su esfuerzo sigue encauzado por rescatar la empresa platónica de la distancia entre el filósofo y el sofista, unida al encuentro con la tesis lacaniana de la verdad como aquello que se encuentra siempre a «medio decir» esto último se convierte en un gran aporte al pensamiento filosófico actual. Renovando a Platón en su tesis podemos definir al existir como el ser del no-ser. Se trata del movimiento, del gesto, de la intención por la búsqueda de las verdades que están por llegar sin poder ser predichas.

 

Comunismo

Para analizar la situación política del siglo XX y las consecuencias que llegan de los siglos XVIII y XIX a la misma, Badiou considera que existen tres términos inevitables para tal análisis: las masas populares y sus movimientos, el poder del Estado y los partidos políticos. Denomina movimiento a una acción colectiva que obedece a dos condiciones: la ruptura con la repetición colectiva-social por un lado y el poder dar un paso más con respecto a la igualdad.

En el siglo XX existieron tres grandes partidos políticos que él agrupa de este modo: el parlamentario, el fascista y el comunista. La idea de revolución de los siglos anteriores fue reemplazada por la idea de partido revolucionario, lo que aconteció a finales del siglo XX es la profunda crisis de los partidos políticos.

Ante la desaparición del partido Badiou propone un alejamiento del Estado y la «invención política» que supone este distanciamiento, invención porque para él no hay política sin acontecimiento. La necesidad de un movimiento colectivo que porta una idea igualitaria excede la de una reivindicación particular o interesada. «El movimiento existe si puede implicar a todos, a todo el mundo, porque representa un avance, un progreso en la idea igualitaria. Cada quien puede encontrar ejemplos de movimientos en este sentido» [16].

Dice al respecto que: «Un acontecimiento político es algo que permite a cada quien mantenerse a distancia del Estado, porque el acontecimiento ha determinado, ha fijado el poder del Estado» [17].

 

Yo llamo Estado a mucho más que sencillamente el gobierno, o la policía o la justicia. El Estado es todo lo que da poder dentro de la sociedad. En nuestro mundo, por ejemplo, la economía es parte del Estado. Es parte del Estado porque es la organización principal del poder.

Entonces, el Estado es la sociedad concebida como poder sobre cada uno. Es aquello que siempre dice dónde y cuáles son los lugares. Es lo que indica a la gente, a los grupos, cuáles son sus lugares, y que indica también cómo podemos movernos, cuál es el camino. [18]

 

En este sentido son parte del Estado las instituciones y los medios de comunicación, las agrupaciones en general, incluidas las organizaciones no gubernamentales, etc.

Las actuales democracias basadas en la idea de representación (que también se encuentra en una profunda crisis ya que el ciudadano está ausente en lo representado) han transformado la política en la promesa de resolver los problemas de la gente, que es muy útil en una campaña electoral, pero la política para Badiou es «comprometerse en la cuestión de la libertad y la igualdad».

Después de la caída del muro de Berlín, que alimenta la idea del fracaso del comunismo y el triunfo de la libertad, estamos frente a una democracia de los capitales que administra. «El Estado es el administrador de los flujos de capitales». Para Badiou la «hipótesis comunista» que expone Marx en el Manifiesto nunca fue llevada a cabo, nunca se realizó, por esta razón lo que él entiende por Comunismo ha quedado como una hipótesis que no se ha cumplido.

 

Sobre las ruinas del comunismo, sostienen nuestros prosistas, triunfa la democracia. O va a triunfar. Los más triunfalistas hablan del triunfo de un ‘modelo de civilización’. La nuestra. Nada menos. Quien dice ‘civilización’, sobre todo en la figura del triunfo, dice también derecho de los civilizados a las cañoneras, para los que no hubieran comprendido a tiempo de qué lado suenan las bocinas del triunfo. Los derechos del hombre han dejado de ser una fatigada reivindicación intelectual. Estamos en la hora de un derecho fuerte, del derecho de injerencia. Movimientos triunfales de las tropas demócratas. La guerra, si es necesario —ese correlato obligado de las civilizaciones triunfantes— Los muertos iraquíes tumbados por millares en el silencio, excluidos aun de toda enumeración (y sabemos hasta qué punto la civilización de la que hablamos es contable...), no son sino el resto anónimo de las operaciones triunfales. Musulmanes sospechosos, después de todo, incivilizados recalcitrantes. Porque fíjense bien, hay religiones y religiones. La cristiana y su Papa forman parte de la civilización, los rabinos son considerables, peto molás y ayatolás harían bien en convertirse. [19]

 

Para Badiou las democracias son los regímenes políticos del imperialismo contemporáneo, refiriéndose a los Estados Unidos, Inglaterra y los países europeos en general. Los estados occidentales, según él, quieren llevar la democracia a  todos los pueblos del mundo de la misma forma que los conquistadores pretendían llevar la verdadera religión a los indios. Siempre hay misioneros detrás de los militares, la democracia se ha transformado en la religión actual. La democracia se refuerza ante la lucha contra el terrorismo, que es su principal enemigo; pero no hay que confundir terrorismo con resistencia. Sin embargo advierte que «La idea de ‘resistencia’ significa que la política (a menudo denominada biopolítica) no es sino el principio constitutivo oculto de la propia innovación capitalista».

Según Badiou la democracia era la voluntad de un pueblo para elegir un gobierno, vivir en libertad, protestar y ejercer sus derechos. Pero ése no es el sentido auténtico en el presente, los estados democráticos practican la invasión, el bombardeo, el crimen de masas. Hay que inventar un nombre que pueda designar otra cosa que lo que hoy es la democracia. Ese nombre para Badiou es la Idea de comunismo que debe ser forjada por los intelectuales, trabajadores, militantes sin partido, bajo la orientación de la hipótesis comunista que planteara Marx: la política debe fijarse el propósito de terminar con la dominación.

 

La hipótesis comunista establece que es practicable una organización colectiva diferente que elimine la desigualdad en la distribución de la riqueza e incluso la división del trabajo. La apropiación privada de enormes fortunas y su transmisión mediante la herencia desaparecerán. La existencia de un estado coercitivo, separado de la sociedad civil, dejará de presentarse como una necesidad: un largo proceso de reorganización basado en una libre asociación de productores asistirá a su extinción. [20]

 

La Idea de comunismo viene a cumplir con esta hipótesis y en ella Badiou señala tres componentes: un componente político, un componente histórico y un componente subjetivo.

 

La separación subjetiva y política entre los campesinos del tercer mundo, los desempleados y asalariados pobres de nuestras sociedades «desarrolladas» por un lado, las clases medias «occidentales» por el otro, es absoluta, y marcada por una indiferencia odiosa. Más que nunca el poder político, como lo muestra la crisis actual con su única consigna «salvar los bancos», no es más que un apoderado del capitalismo. Los revolucionarios están separados y débilmente organizados, una desesperanza nihilista se ha apoderado de grandes sectores de la juventud popular, la gran mayoría de los intelectuales son serviles. Opuestos a todo esto, y tan aislados como Marx y sus amigos en la época del retrospectivamente famoso Manifiesto del Partido comunista de 1847, somos sin embargo cada vez más numerosos para organizar los procesos políticos de un nuevo tipo en las masas obreras y populares, y para buscar todos los medios de apoyar en lo real las formas renacientes de la Idea comunista. Como al principio del siglo XIX, no se trata de la victoria de la Idea, como será el caso, bastante imprudente y dogmático, durante toda una parte del siglo XX (…) Combinando las construcciones del pensamiento, que son siempre globales y universales, y las experimentaciones de fragmentos de verdades, que son locales y singulares, pero universalmente transmisibles, podemos asegurar la existencia de la hipótesis comunista, o mejor dicho de la Idea del comunismo, en las conciencias individuales. Podemos abrir un tercer periodo de existencia de esta Idea. Podemos, y debemos. [21]

 

No puede haber política sin ideas, ni puede haber política sin militancia: acción y pensamiento, praxis de los movimientos que surgen al borde de un esquema que se ha roto.  Alain Badiou propone definir a la política como un pensamiento; alejarnos de ese «festival de opiniones» en el que se ha transformado el escenario político, nociones sin fundamentos, categorías vacías de conceptos, prácticas que no pueden sostenerse reflexivamente. Salir de la imagen del intelectual que aconseja desde su propia capacidad de juzgar sin un ejercicio de militancia que lo acerque al contexto de aplicación de su teoría. Sin pensamiento, el dispositivo político es mudo, es una instrumentalidad peligrosa. Lo político está errante entre la sociedad civil y el estado (el estado no piensa), porque no hay pensamiento político.

En las «histerias de lo social» la política ya no tiene patria histórica, por lo tanto debemos comprender que la política no será pensable más que liberada de la tiranía del número, número de votantes, número de manifestantes, número de huelguistas. Ni los comentarios, ni las elecciones son vías de acceso a la esencia de la política porque son dispositivos, no son pensamientos. La política empieza cuando uno se propone, no representar a las víctimas sino ser fiel a los acontecimientos en los que las víctimas se pronuncian. Este pensamiento político opacado por las recetas económicas y la omnipresencia de los economistas, sale a la palestra nuevamente; no existe escenario público sin política. Porque un escenario público sin política es arte, es actuación, es dramatización teatral sin incumbencia social e institucional. Badiou propone rehacer el Manifiesto Comunista, entendiendo a éste como un conjunto de meras hipótesis inauguradas. Las hipótesis de una política de la no-dominación, de la que Marx ha sido el fundador, y que hoy se debe intentar re-fundar.

La palabra, el concepto, la categoría «Comunismo» siempre choca con la figura de Stalin, así como Heidegger fue utilizado para denostar a la filosofía, ocurre con Stalin para descartar de plano al comunismo. Y éstas son las dificultades con las que todos tropiezan y con las que Badiou pretende dar batalla.

 

Es como si dijera que la esencia del cristianismo es la Inquisición. Sería inaceptable. Tampoco se puede aceptar en el caso del comunismo. La esencia del comunismo no es Stalin. Y no lo es aun cuando Stalin se linease con el comunismo. Stalin representa un periodo histórico concreto. [22]

 

Ante la pregunta si no es preferible reemplazar la palabra «comunismo» por otra reflexiona  a favor de conservarla, sabiendo que afronta muchos inconvenientes, pero es importante considerar que para él la Idea está basada en la tradición platónica, está ligada a una universalidad necesaria y a la abstracción suficiente para no caer en el fragmento de la experiencia sensible, es lo que Badiou denomina platonismo de lo múltiple. Por otra parte la noción de Hipótesis que en su caso está ligada a la praxis, corresponde al orden de lo que no pudo cumplirse y quedó en el terreno de lo posible sin materializarse. Esta hipótesis en espera de una militancia contundente que la lleve a la práctica necesita conservar la idea que la sostenga.

 

Biografía

El 17 de enero de 2017 Badiou cumplió 80 años de vida, es el último año en el  que brindó sus seminarios públicos, el día anterior  a su cumpleaños realizó un encuentro  de más de 10 horas que convocó a un gran número de amigos dedicados a la filosofía, el arte, la política, el teatro y la poesía. Bajo el concepto de Inmanencia se desarrolló la cuestión de la verdad en plural, como expresión del arte, la política y el amor, en la que la Filosofía composibilita esas verdades siendo su operador.

La filosofía no debe trabajar sobre la negación que significa la muerte. El hombre, según Badiou, no puede ser entendido o tratado como un ser para la muerte; hay que abordarlo a partir de lo Inmortal que hay en él. No es la tarea del filósofo contar el número de víctimas, sino de considerar los acontecimientos en los que se originan las verdades y a partir de ellos tener en cuenta a los sujetos que le dan forma activa a las mismas. Por inmortal comprende algo similar a la idea nietzscheana de sobreponerse. La queja posmoderna instala la idea de la víctima y nos obliga a una mirada de compasión ante las diferencias, ante la alteridad, disfrazando su propuesta en la consigna de poder aceptar al otro en su invalidez y no en su capacidad de superarse a los avatares de la propia existencia.

 

El cimiento objetivo (o histórico) de la ética contemporánea es el culturalismo, la fascinación verdaderamente turística por la multiplicidad de los hábitos, de las costumbres, de las creencias. Sí, lo esencial de la 'objetividad' ética se sostiene en una sociología vulgar heredera directa del asombro colonial ante los salvajes, dando por entendido que los salvajes están también entre nosotros (drogadictos de los suburbios, comunidades de creencias, sectas: todo el aparataje periodístico de la amenazante alteridad interior), a la que la ética, sin cambiar el dispositivo de investigación, opone su 'reconocimiento' y sus trabajadores sociales. [23]

 

Se trata entonces de experimentar la humanidad en el sentido del acontecimiento, en el sitio de una producción de verdad, cuyo sostén o soporte es el sujeto. Frente al desfile de casos raros, inhumanos, victimizados, lesionados, impotentes, confundidos, desde un zapping permanente de quejas y protestas, Badiou propone apostar a la vida, a la acción, a la invención política en favor de una sociedad que debe ser igualitaria en acto.

El tiempo presente posibilita su pensamiento filosófico y también lo condiciona, las problemáticas de este momento histórico marcan un camino para interrogar la época y al mismo tiempo interrogar a los sujetos; pensar por ejemplo las patologías de consumo, las adicciones, las políticas de género, las prácticas de encierro, las prohibiciones, los hábitos institucionalizados, las libertades públicas, las actuales democracias, la situación de los refugiados, revueltas y rebeliones por el mundo. ¿Qué significa pensar filosóficamente estas cuestiones?, ¿qué consecuencias políticas tiene ese pensamiento?, ¿qué condiciones de la filosofía han limitado la visión política de las costumbres y de las relaciones humanas?: estas son interrogaciones que junto a otras desafían la actividad del filósofo.

Su propuesta sobre una filosofía del presente tiene que ver con las circunstancias que se dan en lo que él entiende como una situación filosófica. Define a la situación filosófica como «un encuentro entre dos términos esencialmente extraños, uno respecto del otro».

Denomina éste momento de su vida como la «cuarta vida» [24], la de un escritor combatiente, empecinado en sus objetivos, enamorado de la invención, artista del sujeto. Un militante fiel a la Idea de comunismo y a la praxis por concretar la hipótesis del Manifiesto. Esto me recuerda al film «Elogio del amor» (2001) de Jean Luc Godard, ahí Godard describe los cuatro momentos del amor: el encuentro, la pasión física, el desencuentro y la reconciliación. El protagonista de su película convoca a parejas de diferentes edades de la vida para mostrar esos momentos del amor: en la infancia, la juventud, la edad adulta y la vejez.  Su propósito no queda claro, si esos actores son convocados para una obra de teatro o para filmar una historia.  

Lo que importa aquí es que siguiendo el guion podemos hacer coincidir estas cuatro edades con los cuatro momentos de la vida, que son también los del amor: infancia/encuentro; juventud/pasión física; adultez/desencuentro; vejez/reconciliación. En la búsqueda de los actores que protagonizarán la historia, el director concluye: «el adulto no existe» porque el adulto está entre dos momentos bien definidos de la existencia, la infancia y la vejez; por otra parte es muy difícil trazar una línea etaria definida para marcar el comienzo y el fin de la edad adulta.

No puedo asegurarlo, pero creo que éste film ha motivado a Badiou a hablar de las cuatro edades en la vida y también lo inspiraron a escribir Elogio del amor (2009), Elogio de las matemáticas (2015), Elogio del teatro (2013) y Elogio de la política (2017). Son cuatro las edades de la vida y cuatro los operadores de verdad, al mismo tiempo que son cuatro las condiciones que hacen posible la filosofía.

Hace referencia en contadas ocasiones a la relación con su padre que lo inspiró tanto en las matemáticas como en la política, la influencia de su madre en su amor por la literatura y la poesía, la influencia fundamental del Mayo Francés del ’68 para convertirse en un militante; también las relaciones filosóficas con Sartre y sus contemporáneos. La cuarta vida es el cuarto momento del amor, el de la reconciliación y el encuentro con los jóvenes, como se encontró Sócrates acusado luego de corromperlos con su invitación a pensar y a cuestionar los «dioses» de su polis.

Escribe entonces La verdadera vida. Un mensaje a los jóvenes (2016) en el que podemos leer un intercambio imaginario entre Sócrates y Marx, retomando sus provocaciones a lo que impone un poder alejado absolutamente de la generosidad con el presente y el futuro.

Badiou retoma un texto de Marx y reflexiona:

 

Fragmento del Manifiesto del Partido Comunista: «(…) Las relaciones inconmovibles y mohosas del pasado, con todo su séquito de ideas y creencias viejas y venerables, se derrumban, y las nuevas envejecen antes de echar raíces. Todo lo que se creía permanente y perenne se esfuma, lo santo es profanado, y, al fin, el hombre se ve constreñido por la fuerza de las cosas, a contemplar con mirada fría su vida y sus relaciones con los demás”.

Lo que describe aquí Marx es que la salida de la tradición da paso en realidad a una gigantesca crisis de la organización simbólica de la humanidad. Durante milenios, en efecto, las diferencias internas a la vida humana fueron codificadas, simbolizadas, en una forma jerárquica. Las dualidades más importantes, como jóvenes y viejos, mujeres y hombres, miserables y poderosos, mi grupo y los otros grupos, extranjeros y nacionales, heréticos y fieles, plebeyos y nobles, ciudades y campos, intelectuales y trabajadores manuales, fueron tratadas, en la lengua, en las mitologías, en las ideologías, en las morales religiosas instaladas, mediante el recurso a estructuras del orden, que codificaban el lugar de unos y otros en sistemas jerárquicos enmarañados. Así, una mujer noble era inferior a su marido, pero superior a un hombre del pueblo; un rico burgués debía inclinarse ante un duque, pero sus servidores debían inclinarse ante él... [25]

 

La cuarta vida es el momento del cuarto comunismo que consiste en reencontrarse, reconciliarse con el Manifiesto para una política igualitaria en acto, esto significa que no vamos a partir de la idea absoluta de igualdad sino de trabajar militando para que la igualdad se materialice ante la multiplicidad de desigualdades del presente.

 

La verdadera vida es la vida que se pone bajo el signo de que participamos en las verdades, ya sea en su creación, como lo hacen —por ejemplo— los pintores, los matemáticos, los enamorados y los militantes del nuevo comunismo, ya en su existencia, algo que puede hacer quienquiera. Es una vida orientada por el infinito que toda verdad «toca». Se opone, por una parte, a la vida instalada del triunfo social; por otra, a la vida malograda, devastada, del nihilismo. Digamos que no es ni la vida del pequeño burgués occidental satisfecho con sus menudos privilegios, ni la del «terrorista» asesino y suicida. Y trasciende todas las identidades: la verdadera vida se despliega en lo universal. [26]

 

El de Badiou es en cierto modo un marxismo sofisticado porque recurre a Platón. Opone el concepto de democracia al de comunismo: algo que a muchos les produce rechazo. Podemos coincidir con todos sus señalamientos y críticas a las actuales democracias, pensar en otras formas alternativas de alejamiento del estado; lo que tal vez muchos de sus lectores y seguidores no acepten a pie juntillas es continuar sosteniendo el concepto de comunismo que él define como Idea.

Puede quedar a modo desafío filosófico y político la invención de un tercero de apelación a la contradicción dialéctica: democracia versus comunismo. No porque él lo haya planteado así, pero en sus respuestas a Peter Engelmann deja claro que ambos conceptos sufren el mismo desgaste, sin embargo, Badiou sigue apostando al Comunismo: «La gente se pregunta cómo puedo sostener esto, pero es que los Estados socialistas han durado cincuenta años, sesenta, un período de tiempo muy corto».

Nos queda entonces como conclusión que la Idea de comunismo sigue viva y su contexto de aplicación ha quedado inconcluso. Badiou insistirá a pesar de todo.

 

Bibliografía

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