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Mi camarada Ana Moreno ha narrado, en este mismo número de Pensar desde Abajo, el enorme compromiso y titánica tarea de hacer del feminismo un eje estructural de la lucha política para conseguir la revolución feminista, y de los avances, casi a trompicones, que hemos ido consiguiendo en la interna del partido.

A trompicones no por falta de empuje de las camaradas, a trompicones porque el partido como expresión de la sociedad en la que está inserto es parte de la cultura patriarcal.

En estas líneas voy a tratar de expresar cómo esa lucha, tanto para hacer la revolución feminista como para cambiar las estructuras e inercias patriarcales del partido, sigue siendo una tarea imprescindible, titánica sí, pero con avances más que evidentes gracias al empuje de dos siglos de lucha de las mujeres, al acumulado de inteligencia, dolores, e ideas.

Gracias al aporte de las mujeres comunistas del PCA que no solo no se rindieron jamás, sino que siguen abriendo caminos por los que podamos transitar mujeres y hombres libres e iguales. Ahora además de su empuje es necesario el empuje de cambio que debe atravesar a los camaradas del partido.

En estos últimos años, desde el área feminista del PCA, hemos tratado de hacer avanzar varios debates.

 

Comenzando por la interna del partido

A la consolidación de la participación igualitaria de las mujeres en los órganos de dirección y en los espacios de representación pública, aunque si hacemos un repaso de las liberaciones veremos una sobre-representación masculina, se suman otros debates, tímidos y escasos pero valiosos, para modificar esa cultura patriarcal: algunos talleres de nuevas masculinidades realizados por los propios camaradas,  repensar la forma y modo en que se desarrollan las reuniones de las agrupaciones o núcleos y cómo impiden la participación de las camaradas, repensar cómo se ejerce el poder o la autoridad dentro de nuestro partido, evidenciar la necesidad de hacer compatible la militancia con la vida, heredero de los debates de las mujeres del Partido Comunista Italiano sobre el tiempo de las mujeres. También  los espacios no mixtos de formación y planificación, que generaron alguna oposición y aspaviento, o el protocolo contra las violencias machistas del propio partido que ha permitido hacer una reflexión de comportamientos que son expresión de la violencia machista, además de ser instrumento para erradicarlas y sancionarlas. En definitiva, el empoderamiento del debate feminista dentro del propio partido.

Pero la realidad es tozuda, muchas de las camaradas con las que hablo continúan expresando lo extremadamente difícil que resulta desarrollar sus tareas políticas, ya sean internas o de representación pública, en una organización que sigue teniendo como  protagonista hegemónico a los hombres, con inercias de funcionamiento difíciles de cambiar, con relaciones de poder que excluyen a las camaradas, con la carga de cuidados permanente a nuestras espaldas, y con una más que estresante compatibilidad de la vida y la militancia.

Más aquí seguimos, cientos de camaradas organizadas para transformar esa realidad, sin ánimo de ser heroínas, con el ánimo de que sea una tarea del conjunto del partido, o al menos de la inmensa mayoría. Con la esperanza de que hagamos lo que decimos en los documentos congresuales, en las reuniones, en los informes políticos, en los planes de trabajo. Con la esperanza de ser mejores de lo que somos. Con la esperanza de la emancipación.

Y por ello es imprescindible que los camaradas asumáis también esta tarea, que os corresponde, de pensar qué podéis aportar a la feminización del partido, cómo hacer para que las camaradas nos sintamos cómodas en nuestro trabajo militante. Y no se trata de una reflexión individual, camarada a camarada, sobre cambio de comportamientos el ámbito personal, que también, se trata de una reflexión colectiva y un cambio de comportamiento colectivo. Tanto en la vida interna del partido como en vuestra participación como comunistas en la sociedad, el sindicato o el espacio de trabajo.

No creo que sea mucho pedir, o si, pero debéis estar a la altura del momento histórico, a la altura de las esperanzas de las camaradas. Creo que nos lo hemos ganado a pulso, con constancia y también por necesidad vital. Hacer del partido un espacio libre de violencias machistas, de comportamientos machistas y por tanto, cómodo para las mujeres debe ser un objetivo a corto plazo, que requiere toda la capacidad de la que seáis capaces.

Era objetivo del Congreso del PCA  el trabajo  para el fortalecimiento de las áreas feministas del PCA, tanto las provinciales como las de los núcleos, la implicación de las mujeres en las tareas del área. Y así está siendo, aunque queda mucho por trabajar.

Hemos trabajado también para mantener nuestra presencia en el movimiento feminista, y por tratar de generar en él espacios de amplias mayorías en la lucha política feminista, de acuerdo a la tradición histórica del partido de unidad.

 

El Feminismo de la Igualdad, el Feminismo de Clase, el Feminismo Combativo

En los debates y la práctica que nos llevaron a las Huelgas Generales Feministas, hemos ido trenzando toda una serie de pensamientos que han nutrido la lucha feminista a lo largo de los siglos de lucha de las mujeres, igualdad, interseccionalidad, eco feminismo, marxismo.

No cabe duda que la práctica de las huelgas feministas ha supuesto un avance en este momento de lucha de clases en las sociedades capitalistas. Un hito caracterizado por su vocación de inmensa mayoría, anticapitalista e internacionalista. No hay más que recordar las ampollas que levantó, y sigue levantando en el llamado feminismo institucional, en el género sin clase, en las mercenarias del género.

En la preparación de las Huelgas Feministas practicamos la cultura comunista que ha caracterizado la historia del PCA, aparcar lo que nos separa y trabajar todo aquello que nos une, con vocación de unir distintas tradiciones de pensamiento en una propuesta de feminismo político de clase, interseccional, anticapitalista e internacionalista que fuera capaz de entrar en las casas de las mujeres, que hablara de los problemas cotidianos de las mujeres, de todas las mujeres trabajadoras, al tiempo que pudieran reconocerse en la lucha y en la propuesta de transformación feminista.

Una propuesta sin elitismo, que tiene como símbolo los delantales colgados en los balcones, propuesta por cierto de la campaña del 2016 del 8M del PCE.

Los delantales como conexión con las cocinas de todas las casas de Andalucía, con las tareas diarias de cuidados, con la necesidad vital de hacer el mundo compatible con la vida de las mujeres. De tener una vida digna de ser vivida.

El delantal colgado como nexo de unión con las mujeres de las clases populares que entendían perfectamente su significado sin necesidad de dar muchas explicaciones.

Me detengo aquí brevemente porque habitualmente decimos que para que la gente nos entienda necesitamos más de los 20 segundos que, con suerte, nos conceden los medios de comunicación. Sin renunciar a la complejidad de pensamiento, es posible, muchas veces a lo largo de la historia lo hemos hecho, conectar en menos de 20 segundos con las aspiraciones de cambio.

La propuesta de unidad pasó por la necesidad de aparcar debates, como el de la abolición de la prostitución que defendemos, en las asambleas preparatorias de las huelgas feministas. El objetivo no era otro que conseguir la máxima unidad en torno a la construcción y desarrollo de las huelgas feministas y fortalecer la lucha de las mujeres, creo que acertamos.

Otro elemento fundamental de esa construcción de inmensa mayoría es el concepto y la práctica de interseccionalidad, surgido en el feminismo negro de finales del siglo XIX, y expuesto de manera grandiosa por Ángela Davis en su obra Mujer, clase y raza. Y es que básicamente las mujeres trabajadoras negras estaban excluidas del feminismo blanco hegemónico.

La interseccionalidad parte de la concepción de que el capitalismo y el patriarcado se relacionan y producen opresiones superpuestas en función de la posición que ocupamos en la sociedad capitalista. Relaciona la opresión reproductiva y material y las opresiones simbólicas y culturales que ambos generan. Es decir, las opresiones  que las mujeres trabajadoras blancas sufrimos son distintas a la que sufren las mujeres trabajadoras negras, las migrantes, las mujeres trabajadoras con discapacidad, o lesbianas. Esto no supone la fragmentación de las luchas en función de las opresiones vividas o las identidades, sino la necesidad de integrarlas, de conocerlas, para poder hacer una propuesta política de emancipación para la inmensa mayoría con la inmensa mayoría.

La necesidad de hacer una relación dialéctica entre el sistema de opresión capitalista y patriarcal, de hacerlo con el conjunto de mujeres que los padecemos. Y hacerlo en todos los frentes en los que estamos, el partido, el sindicato, los movimientos sociales, el movimiento feminista, etcétera. Cobra todo el sentido la consigna «patriarcado y capital, alianza criminal».

No es posible que las luchas feministas, que el movimiento feminista no tenga en cuenta la diversidad y realidad de las mujeres y sus opresiones superpuestas, si es que queremos que el feminismo de clase que practicamos sea capaz de transformar, no solo los modelos hegemónicos que ha construido el capitalismo y el patriarcado, sino el conjunto de la sociedad, de los poderes, de las opresiones, en definitiva capaz de hacer la revolución con las clases populares y la revolución con las mujeres.

Actualmente viven en nuestros pueblos y ciudades mujeres migrantes, muchas de ellas con unos niveles de explotación propias del siglo XIX. O estas mujeres forman parte del movimiento feminista y el movimiento feminista habla con estas mujeres, o no hay oportunidad de poner en práctica la unidad, interseccionalidad y propuesta para la inmensa mayoría.

En este sentido y ante las distintas posiciones teóricas que han protagonizado los debates entre marxismo y  feminismo dentro de la tradición marxista,  léase clase sin género, género como clase, género sin clase, nos identificamos con las teorías de clase y género. Es decir la caída del capitalismo no traerá por si solo la liberación de las mujeres, ni el socialismo traerá por si solo la mujer y el hombre nuevos.

La práctica del internacionalismo nos atraviesa y atraviesa las luchas feministas. La situación de las mujeres a lo largo del planeta está condicionado por la contradicciones de clase y de género, y da igual qué fue primero si el huevo o la gallina, lo verdaderamente interesante es ser capaces de entender cómo funcionan, qué efectos producen y cómo combatirlas conjuntamente. Desde la clase y  el género, desde el género y la clase. No se trata por tanto debatir cuál es la contradicción principal, sino de saber analizar la realidad dialécticamente y cambiarla con la participación de la inmensa mayoría.

El internacionalismo ha avanzado en estos años, recordamos con la piel de gallina la denuncia de las mujeres chilenas con la performance «el violador eres tú», o la lucha de las mujeres argentinas por el derecho al aborto libre y gratuito. Han sido propuestas que han dado la vuelta al mundo uniendo a mujeres muy diversas y de diversas partes del mundo en la lucha por la igualdad y la transformación feminista.

Y es la propuesta profundamente anticapitalista del movimiento feminista de las Huelgas Feministas la que tiene de los nervios al feminismo institucional y liberal y al propio sistema capitalista y patriarcal que como siempre trata de anular los cambios a base de asumir, desnaturalizándolas, las vindicaciones de las mujeres trabajadoras. Un ejemplo de ello es cómo asumió las reivindicaciones de las mujeres de acceder al mercado de trabajo,  pero sin cambiar ni un ápice el papel reproductivo de las mujeres trabajadoras, provocando al mismo tiempo una nueva contradicción, la llamada crisis de cuidados.  Y de esa contradicción surgen las propuestas de un sistema público de cuidados, del cambio del tiempo del trabajo y de la vida, que no consiente que sean otras mujeres, migrantes o no, en peor situación que las mujeres blancas trabajadoras, las que asuman parte de los cuidados reproductivos que no somos capaces de compatibilizar con la vida.

Así el feminismo ha de ser combativo, en todos los frentes, incluido el frente interno del partido, en todas las contradicciones, y combativo para todas las mujeres trabajadoras, sin dejar a ninguna atrás. Generando conciencia primero desde la práctica, la pre-política qué importante es, y desde la formación y la organización después, imprescindible para avanzar y crecer.

Esta combatividad la hemos practicado en torno a la liberación sexual de las mujeres, a la necesidad de vivir sin violencias, a la necesidad de tener un sistema judicial que rompa con la fiscalización, revictimización y cuestionamiento de las mujeres. A cada sentencia infame contra la libertad de las mujeres o tolerante con las violencias hemos respondido. Ninguna agresión sin respuesta. Y es que la cuestión de las violencias que se ejercen sobre las mujeres, su denuncia y combate, ha sido otra de las características de estos últimos años del movimiento feminista. Y por supuesto que en estas violencias el sistema de prostitución es la mayor práctica violenta consciente y constante contra las mujeres.

Nuestra tarea tras estos años y los actuales debates del feminismo pasa, en mi opinión, por repensar nuestras alianzas dentro del movimiento feminista.

Me explico.

A lo largo de los últimos cuarenta años podemos decir que en Andalucía el movimiento feminista y las asociaciones de mujeres ha sido colonizado por el feminismo institucional, cuando no el liberal. Un feminismo para la inmensa minoría de mujeres trabajadoras.

No voy a entrar en las causas, más allá de la evidente influencia de sucesivos gobiernos autonómicos. Es una realidad con la que hemos convivido, más o menos pacíficamente a lo largo de los años, pero considero que llegado este momento de la historia debemos repensar.

Repensar en el sentido que he señalado de la preparación de las huelgas feministas, donde este feminismo institucional brillaba por su ausencia, por su oposición a la misma precisamente porque combatía el feminismo elitista, fragmentador y conservador que las ha caracterizado.

Repensar en el sentido de generar alianzas anticapitalistas que desborden ese control hegemónico, no solo en las capitales de provincia donde ha podido romperse en alguna medida, también en el tejido asociativo de mujeres de los pueblos de Andalucía. Repensar que significa que podamos construir el Movimiento Democrático de Mujeres en los pueblos, en las zonas rurales, donde lo normal es que solo haya presencia activa del feminismo institucional.

Repensar abriendo alianzas culturales, políticas, simbólicas, materiales, que permitan un feminismo para la inmensa mayoría de mujeres, las mujeres trabajadoras. 

Repensar con el objetivo de la unidad popular, del poder constituyente, del contrapoder. Repensar para que la lucha y propuestas de las mujeres sea imprescindible en la construcción de la Andalucía que queremos.

Repensar para que las mujeres de todas las edades que protagonizamos las Huelgas Feministas formemos parte activa, y compatible con la vida, de los cambios y la revolución que viene. 

Y creo que las mujeres comunistas podemos hacerlo, a pesar de las dificultades actuales presentes en el movimiento feminista. Podemos hacerlo porque si algo hemos demostrado a lo largo de estos 40 años de PCA y casi 100 de PCE es nuestra capacidad de unir para conseguir un programa y una práctica para la inmensa mayoría.

Repensar, seguir repensando en la interna cómo mejoramos la participación activa de las camaradas, qué dinámicas debemos cambiar y desterrar, cómo contribuir a aliviar las cargas de cuidados haciendo puesta en común en los núcleos de las tareas reproductivas de las mujeres y cómo podemos hacer nuestro propio plan de igualdad, nuestro propio plan de tareas reproductivas compartidas. Y ya he apuntado claramente que los camaradas debéis estar a la altura de los retos que tenemos por delante como organización.

Y estas tareas colectivas del partido son más necesarias que nunca. Añadimos a la crisis financiera y social de 2008 la crisis económica y social de la pandemia COVID-19. Una crisis que tiene perspectiva de género, consecuencias distintas para las mujeres trabajadoras y dentro de ellas de distinta forma.

Asistimos al auge del fascismo, o neo fascismo en Europa, España y algunos países como Brasil o EE.UU.

Para combatir este auge es imprescindible la batalla cultural desde el feminismo, el ensanchamiento de las organizaciones feministas con la participación masiva de  las mujeres trabajadoras, y la práctica de un feminismo de la igualdad, anticapitalista, interseccional, internacionalista y combativo.

Debemos repensar en el sentido de que el género humano es La Internacional.