En la novela Espartaco, de Howard Fast, el personaje de Cicerón declara: «Todo en su conjunto es una sola guerra, una guerra ininterrumpida y vergonzosa, una interminable guerra librada entre nosotros y nuestros esclavos, una guerra silenciosa, una vergonzosa guerra de la que nadie habla y que los historiadores no desean registrar». Cuando Fast escribió esta novela era militante comunista y estaba, por ello, en una cárcel de los Estados Unidos. Aunque posteriormente se distanció de su militancia, nos dejó este tratado de marxismo convertido en novela. Una de las ideas principales se plasma en esta reflexión que el autor pone en boca de uno de sus personajes.

La lucha de clases continúa desarrollándose, asomando frente a los intentos constantes de silenciarla. Mostrar el carácter de clase que tienen políticas, normas e ideas es una de las principales tareas y retos a los que nos enfrentamos. Sin embargo, mirando atrás, quizás debamos reconocer que durante los ochenta y noventa en Europa se produjo un retroceso en esta batalla cultural. La propia izquierda relegó en gran parte el análisis y, con él, el lenguaje de clase. Se renunciaba así a entender los conflictos en términos de clase, a difundir este análisis y, por último, a impulsar el proceso de construcción de la conciencia de clase trabajadora.

En los últimos años, podemos observar que el interés por el análisis y el discurso de clase desde la política ha renacido, especialmente al calor de la larga crisis económica. Incluso los partidos más conservadores han interpelado a las clases trabajadoras, con referencias que hace unos años hubiesen sido difíciles de escuchar: en 2009, María Dolores de Cospedal presentaba al PP como «el representante de la clase trabajadora» (Público 2009) y, en 2015, Rivera comienza a presentar a Ciudadanos como un partido que defendía a la «clase media trabajadora (Ruiz Valdivia 2015), un concepto poco utilizado en España pero de uso más frecuente en los EEUU. En los últimos años, el interés y la reivindicación de las clases trabajadoras ha llegado al mundo editorial, con interesantes ensayos como el de Jones (2012) en el Reino Unido o el de Bernabé (2018) en España, libros que han conseguido un impacto que hace años hubiese sido imposible.

En este contexto, el objetivo de este artículo es ofrecer una reivindicación de la actualidad del análisis marxista de clase para entender los problemas actuales como la precariedad, reivindicación que necesariamente tiene que ser también un intento de reconstrucción frente a las simplificaciones asumidas por propios y ajenos. La tesis que se mantiene es que el análisis de clase marxista está al servicio de la construcción de la unidad de clase, que esta unidad nunca ha sido algo dado y que siempre ha sido fruto de un esfuerzo deliberado y costoso en que las organizaciones sociopolíticas son imprescindibles. La finalidad del artículo es contribuir al debate que los movimientos políticos, sindicales y sociales de izquierdas han iniciado y que, considero, va a ser clave en el proceso destituyente y constituyente que estamos viviendo.

En el primer apartado se realiza un acercamiento a las bases del análisis de clase marxista y a su tratamiento de la diversidad y la construcción de la unidad. En el segundo punto se exponen algunas de las potencialidades actuales del análisis marxista, en una etapa caracterizada por la precarización. En la tercera sección tratamos algunas de las limitaciones del enfoque marxista y se recogen propuestas para su ampliación. En la cuarta se realiza un somero recorrido histórico sobre el análisis marxista de la política de alianzas y la construcción de la unidad. En la quinta se aborda el tema de la precariedad, como la cuestión fundamental para el análisis de clase marxista y las políticas de unidad en países como el nuestro. En la sexta se realiza un análisis crítico del concepto de precariado, y de su relación con el debate sobre la unidad de las clases trabajadoras y la crisis de la clase media.

 

1. Las bases del análisis de clase marxista

El análisis de clase marxista ha sido víctima de la simplificación y la deformación, especialmente en lo relativo al análisis de la fragmentación social. Rattansi (1985) realiza un imprescindible repaso de este proceso. La visión más difundida es que, en el pensamiento marxista, las diferencias de clase se basan exclusivamente en la propiedad o no de los medios de producción, que el desarrollo capitalista llevará a un proceso de simplificación de la estructura de clases, de homogenización de cada clase y de elevación del nivel de conciencia de la clase obrera, que pasará de ser clase-en-sí a clase-para-sí. Sin embargo, en la obra de Marx y Engels se nos ofrece una visión más compleja y que evoluciona durante su trabajo de investigación.

Uno de los problemas que nos encontramos al tratar la obra de un autor es intentar analizarla sincrónicamente, como si se hubiese elaborado en un único momento como un todo coherente. Por el contrario, cualquier investigador social evoluciona, modifica su agenda de investigación y transforma sus ideas al calor de los cambios en los debates y en la realidad social. Marx y Engels, que elaboraron sus obras con una clara intencionalidad política revolucionaria, también evolucionan en sus planteamientos.

Respecto al análisis de clase marxista, Rattansi (1985) observa una ruptura entre sus obras más tempranas y las más maduras. En El manifiesto del partido comunista (Marx y Engels 1975) observamos la visión más simplificada, en que la polarización entre capital y trabajo llevará a la reducción de la diversidad, la simplificación y la homogenización social. En esta misma revista, Juan Carlos Rodríguez (2012) recuerda que en El manifiesto todavía no se han madurado algunas de las ideas centrales del marxismo, como los conceptos de fuerza de trabajo y plusvalía, íntimamente ligados. Respecto al concepto de clase en esta obra se ofrece una visión esquemática pero se apuntan elementos en los que se insistirá posteriormente. Se plantea la necesidad de la comunidad, la lucha y la organización sociopolítica: de hecho, el texto supone un llamamiento a los comunistas a constituir la clase trabajadora, clase que no aparece como algo dado.

Frente a una lectura simplificada y economicista del concepto de clase en Marx y Engels, un análisis más profundo de su obra nos muestra una visión más compleja pero no exenta de contradicciones. En estas páginas vamos a señalar someramente algunos elementos que pueden ayudarnos a acercarnos al análisis de clase marxista:

1. Las clases se desarrollan en interrelación con la lucha de clases. Las clases no pueden concebirse al margen de las relaciones de dominación y explotación que existen entre ellas. Como insisten Althusser (1974) y Rodríguez (2012), las clases no son anteriores a la lucha de clases. Esta es la base de la concepción dialéctica de las clases sociales.

2. El análisis marxista se centra en las relaciones sociales de dominación y explotación que se dan en la producción (Wright 2015). Estas relaciones se presentan como cosificadas ante los individuos (Ollman 1976), lo que no impide a estos revelarse ante ellas y transformarlas. El objeto de estudio son estas relaciones, no los agregados de individuos, a diferencia de otros análisis sociológicos (Wright 2015).

3. Las relaciones de clase se producen en un eje con dos polos opuestos: el capital y el trabajo. Esta polaridad no produce necesariamente polarización, homogenización o simplificación de la estructura de clases sino que por el contrario genera diversidad (Rattansi 1985). De hecho, la diversidad y la segmentación son funcionales y necesarias para el sostenimiento y la reproducción del proceso de acumulación capitalista (Bowles y Gintis 1977; Gintis 1983; Gordon, Edwards y Reich 1986; Wallerstein 2004).

4. La relación dialéctica entre la clase capitalista y la clase trabajadora hace que sean dos opuestos unidos pero no idénticos, sino que tienen una naturaleza distinta. La clase trabajadora necesita un proceso de auto-constitución en que forma sus propias organizaciones, define sus enemigos de clase, crea su cultura y su comunidad; proceso que se define en la propia lucha de clases. Estos elementos aparecen constantemente en la obra marxiana, especialmente en Miseria de la filosofía (Marx 1987), El manifiesto comunista (Marx y Engels 1975) o La lucha de clases en Francia (Marx 1975a).

El análisis de clase marxista se centra en la relación dialéctica entre la clase dominante y la clase trabajadora. El eje de esta relación es la contradicción entre capital y trabajo. Incluso Korsch (1975) afirma que las clases sociales son la representación de estas dos categorías económicas. Sin embargo, aunque en esta contradicción capital y trabajo se presentan unidos, no son conceptos idénticos. Bermudo Ávila (1976) e Ilienkov (1982) nos recuerdan que en la dialéctica marxista unidad no significa igualdad, porque entre ambas clases existe una relación de dominación. La clase capitalista se presenta desarrollada, cuenta con el Estado y con la sociedad civil dada (que como dice Korsch siempre es burguesa) para organizarse y reproducir su cultura de clase.

Por el contrario, Marx, en Miseria de la filosofía (1987), insiste en que la clase trabajadora necesita organizarse para luchar por sus intereses económicos y políticos y pasar de «clase-para-el-capital» a «clase-en-sí». Estas expresiones han recibido variadas críticas. Rattansi (1985) considera que son etapistas y Poulantzas (1975) que son un residuo de idealismo hegeliano. El hecho es que Marx nunca volvió a utilizar estas expresiones. Pero nótese que estas categorías no se aplican a todas las clases sociales sino al proletariado, que se encuentra en una situación de subordinación y subdesarrollo: necesita la lucha económica y política para auto-constituirse, idea que sí está presente en toda la obra marxiana. En palabras de Lenin, «sólo la lucha educa a la clase explotada, sólo la lucha le descubre la magnitud de su fuerza, amplía sus horizontes, eleva su capacidad, aclara su inteligencia y forja su voluntad» (1979b:802).

 

2. La actualidad del análisis de clase marxista: potencialidades y limitaciones

El análisis marxista se centra en las relaciones sociales de producción y no en las características individuales, a diferencia del análisis funcionalista, que se mueve en otro nivel de análisis (Wright 2015). En un momento como el actual, caracterizado por la precariedad laboral, que está ligada con la alta movilidad ocupacional y la ruptura en la homogeneidad de las categorías profesionales, esto supone una importante potencialidad de la perspectiva marxista.

Veamos con varios ejemplos los riesgos de hacer análisis basados en la categoría profesional: dada la alta movilidad laboral, una persona puede trabajar durante la semana como becaria en un puesto profesional y de camarera durante el fin de semana, sin que esto significa que cambie de clase social (de nueva clase media a empleada o clase trabajadora del sector servicios). Obviamente, no es lo mismo un abogado liberal consolidado que otro autónomo de ingresos variable, aunque, al pertenecer a la misma categoría profesional, les consideremos vieja clase media. Al analizar las categorías profesionales de cada individuo, podemos considerar que en una misma familia conviven miembros de la vieja clase media (padre autónomo en la construcción), clase obrera (madre empleada en la agroindustria), nueva clase media (hija becaria en una agencia de publicidad) y clase baja (hijo desempleado).

Esto no significa que desechemos el análisis basado en las ocupaciones y en otras características individuales que nos permite un acercamiento eficaz a la estructura de clase. Es un análisis adaptado a la mayoría de los datos de los que disponemos: individuales y sincrónicos, que ofrecen una foto fija y no la evolución de las condiciones de vida y de trabajo. Sin embargo, Marx nos ofrece una concepción con mayor interés en el plano político de la construcción de la clase social, más allá de la reducción a la suma de ciertas posiciones ocupacionales que caracteriza a otros planteamientos de análisis social (De la Garza Toledo et al. 2007).

En este punto, quizás lentamente, se haya construido una duda o, mejor dicho, una sospecha. Si el concepto de clase es central en Marx, ¿por qué no nos aporta una definición de clase?, ¿por qué en su obra no hay un mapa exacto que delimite las diferentes clases que existen en el capitalismo? La respuesta puede estar en que el concepto de clases no es central, lo central es la lucha de clases, que no es exactamente lo mismo. Es en la lucha donde se construyen y delimitan las clases. No existen delimitaciones abstractas más allá de las situaciones históricas concretas. Por eso, quizás, se dan las aparentes contradicciones entre los diferentes textos marxianos, que tienen objetos (y objetivos) de análisis distintos.

En el fondo, lo que nos interesa del concepto de clase en Marx no es su capacidad explicativa de fenómenos sociales actuales sino su capacidad transformadora. No se trata de construir una clasificación que explique distintos hechos sociales, como el comportamiento político y electoral, sino cómo se agrupan los distintos grupos sociales en torno al mecanismo fundamental para el sistema: la acumulación de capital. Por eso Wright (2015) acaba reduciendo el análisis de clase a una pregunta: ¿quién gana y quién pierde con una transformación socialista? Volveré sobre esto en el punto 4.

La lucha de clases tiene un carácter especial: es, ante todo, una lucha asimétrica. Althusser (1974), en su agria polémica con la escuela de marxistas inglesa, plantea una conocida metáfora: las clases no son como dos equipos de rugby, cuya existencia es previa al encuentro. El filósofo francés planteaba con esta imagen que no era posible separar las clases de la lucha de clases. Podemos continuar con la metáfora para ilustrar el desarrollo de la lucha de clases: el equipo de la burguesía, a pesar de tener menos efectivos, es el que define las reglas, tiene a su favor al árbitro (el Estado) y al público (la sociedad civil burguesa); lo que aprovecha para cebarse con el rival. Pero incluso esta imagen es insuficiente, porque una de las características de la lucha de clases es que el equipo de los trabajadores no está unido de inicio, no hay un equipo e incluso se desconoce que exista un juego, al menos un juego colectivo: se trata de sobrevivir individualmente o en pequeños grupos (la familia).

Clauss Offe nos ofrece algunas claves de este enfrentamiento desigual en un texto sociológico clásico, Las dos lógicas de la acción colectiva (Offe y Wiesenthal 1992), en que analiza la diferente naturaleza de las organizaciones empresariales y los sindicatos. Los empresarios tienen una mayor facilidad para unificar sus propuestas, mientras que los trabajadores parten de posiciones divididas por múltiples fracturas. Pero quizás la diferencia mayor sea que para los empresarios los intereses individuales y colectivos (al menos respecto al enfrentamiento o negociación con los trabajadores) son los mismos, mientras que los trabajadores necesitan trascender sus intereses individuales para conformar intereses colectivos. Como insiste Offe y Wiesenthal, si los trabajadores se dejaran llevar solo por sus intereses individuales, la lucha sindical no existiría. La lucha de clases no se trata de un enfrentamiento entre iguales, entre entes de una naturaleza igual: las dos clases fundamentales tienen una naturaleza distinta.

 

3. Ampliación y actualización del análisis de clase marxista: las relaciones sociales de reproducción

Abordar la cuestión de la unidad de clase desde el marxismo exige un esfuerzo de actualización y ampliación de conceptos. Para Ollman (2008), Marx se centra particularmente en la relación entre acumulación de capital y lucha de clases por considerarlos como elementos distintivos de la sociedad capitalista. Al centrarse en estos elementos, hace abstracción de otras cuestiones (como el género, la raza o la religión); no porque las considere menos relevantes, según Ollman, sino, simplemente, porque son anteriores y no forman parte de lo que tiene de nuevo el capitalismo.

Losurdo (2014) considera que no podemos limitarnos a una visión limitada de la lucha de clases. Para Losurdo, en la propia obra de Marx y Engels se constata que las luchas por la emancipación incluyen «la lucha cuyos protagonistas son los pueblos en condiciones coloniales, semicoloniales o de origen colonial; la lucha protagonizada por la clase obrera en la metrópoli capitalista (en la que se centra la reflexión de Marx y Engels); y la lucha de las mujeres contra la “esclavitud doméstica”». Cada una de estas luchas «pone en cuestión la división del trabajo vigente a escala internacional, nacional y familiar» y «ponen en cuestión las tres «relaciones de coerción» fundamentales que constituyen el sistema capitalista en conjunto».

Pero también es necesario cuestionarnos el concepto de trabajo y de relaciones sociales de producción. La concepción del trabajo va más allá de las relaciones de empleo, incluyendo las «relaciones sociales productivas y reproductivas en el proceso de reproducción material de una sociedad» (Narotzky 2004:61). Para Narotzky el concepto central son los medios de subsistencia necesarios para la reproducción social, medios que se obtiene a través del trabajo reproductivo y del productivo. De hecho, el trabajo productivo es una dimensión del trabajo reproductivo.

Deberemos, por tanto, hablar de relaciones sociales de reproducción como objeto de estudio del análisis de clase marxista. Volviendo a Narotzky, «no es la separación de los medios de producción la que empuja a las personas a integrarse en relaciones explotadoras con el capital, sino la separación de los medios de reproducción de su medio de vida”; relaciones de explotación que responden a la lógica central capitalista, es decir “la acumulación ampliada de capital a través de la apropiación de plusvalía» (2004:302–3). Amplios grupos sociales se ven empujados a estas relaciones de explotación, los trabajadores asalariados en el mercado de trabajo, pero también los trabajadores por cuenta propia a través del mercado financiero o el mercado de productos. Incluso, subraya Narotzky, las relaciones sociales que no dependen directamente del mercado también se convierten en capitalistas en la medida que dependen de relaciones de explotación capital/trabajo. Esta concepción dibuja una realidad fragmentada, pero no amorfa e inoperante. Narotzky define el proletariado como un catalizador en torno al que se sitúan todos los desposeídos, los que no son dueños de su futuro, según sus palabras.

 

4. La definición de la política de alianzas: ¿quién gana y quién pierde con una transformación socialista?

La cuestión de la unidad ha sido el tema central para el análisis de clase marxista que, como hemos comentado, tiene una intencionalidad política práctica. Wright nos recuerda, utilizando una consigna del movimiento obrero norteamericano, que “la conciencia de clase es saber en qué lado de la barrera estás; el análisis de clase es comprender quién está de tu lado» (2015:164). En el análisis de clase marxista, la finalidad es identificar alianzas sociales, en definitiva, construir la unidad. De esta forma, la atención del análisis de clase marxista se ha desplazado en función de las preocupaciones políticas del contexto histórico y concreto.

Para Marx, Engels y la primera generación de pensadores marxistas, siguiendo la clasificación de Anderson (1979), la preocupación principal del marxismo fue analizar las relaciones entre el proletariado industrial con el campesinado y la pequeña burguesía. Esta era una cuestión fundamental de orden teórico y práctico en el siglo XIX y comienzos del XX.

Para la segunda generación de pensadores marxistas, el análisis de las posibles contradicciones internas dentro de la clase obrera industrial empieza a cobrar protagonismo a raíz de la crisis de la II Internacional. Para esto se recuperó el término de “aristocracia de la clase obrera» que, originalmente, fue utilizado por Marx en El capital (1970), aunque sin el carácter despectivo que tendrá posteriormente. Lenin utiliza el concepto de aristocracia obrera para explicar la base social de lo que denomina “social-chovinismo» (1979c) y vincula el origen de este grupo al imperialismo que proporciona una situación privilegiada a ciertos sectores de los trabajadores en los países más desarrollados (1979a).

En las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial la preocupación por el campesinado, en declive, se desplazó hacia los sectores intermedios, especialmente la denominada nueva clase media, compuesta por profesionales y personal técnico asalariado (Wright Mills 1961). De hecho, el análisis de las clases medias ocupa un lugar central en las investigaciones sociales sobre las clases sociales, al menos hasta los años 90 (González Rodríguez 1992). La feminización de la clase trabajadora y los enfrentamientos raciales hacen que la atención se dirija a la relación entre clase, género y etnia (Davis 2004).

En este punto hay que recordar una de las características distintivas de las ciencias sociales. Todo estudio en el campo de las ciencias sociales tiene la particularidad de que la propia investigación afecta al objeto estudiado (Beltrán 1986). Es decir, en este caso concreto, el análisis de las clases sociales afecta a la conciencia que cada clase tiene de sí misma y a las relaciones sociales entre ellas, a la propia lucha de clases y por tanto a la configuración de cada clase.

El análisis de las clases sociales es una expresión de la propia lucha de clases, otro terreno en disputa entre las clases sociales. Incluso en las propias organizaciones obreras, el análisis de clase ha sido una expresión de las contradicciones internas. Cada fracción de clase se atribuía unas características propias que le permitían ocupar un lugar central en la lucha y en la dirección (objetiva y subjetiva) del movimiento. Los debates sobre el papel del proletariado industrial, el campesinado, la intelectualidad o las fuerzas de la cultura, eran también reflejo de tensiones internas dentro del movimiento obrero, tensiones que oscurecían (y oscurecen) el debate.

 

5. La precariedad: clave del análisis de clase en nuestro tiempo

En este momento, la precariedad supone el fenómeno fundamental para el análisis de clase (no solo marxista). La precariedad y la flexibilidad inician una nueva fase en el conflicto capital-trabajo (Arriola y Vasapollo 2005; Vasapollo 2003). Jonna y Foster (2016), desde una perspectiva marxista, han criticado el concepto de precariedad laboral por tratarse de un concepto vago y que hace referencia a elementos que no son novedosos de la etapa actual. De esta manera vemos que se relaciona la precariedad laboral con el descenso de salarios, el alargamiento de la jornada de trabajo o, en general, del empeoramiento de las condiciones de trabajo, cuando en realidad son tensiones características de la relación salarial. En muchas ocasiones hablamos de precariedad cuando simplemente tendríamos que hablar de explotación. Sin embargo, esto no significa que la precariedad laboral no tenga características distintivas. Como explicaba Lacalle (2009), no nos encontramos con nuevas formas de explotación, que en definitiva se basan en la obtención de plusvalía absoluta y relativa, pero sí nos encontramos ante la implementación de nuevas técnicas.

En las últimas décadas se ha producido una importante transformación del mundo del trabajo. Rubery (2015) considera que el cambio en el trabajo en las cinco últimas décadas está caracterizado por cuatro pautas: feminización, flexibilización, fragmentación y financiarización. Son cambios que afectan a la composición de la fuerza de trabajo (con la incorporación masiva de la mujer), la organización del trabajo (con la introducción de formas cada vez más cambiantes y flexibles), a las relaciones laborales (con una creciente fragmentación e individualización) y a los objetivos de la organización del trabajo (que se desplazan de los «valores productivos» a los «valores financieros». Son cambios fundamentales pero que se centran en el empleo: es decir, la feminización se refiere al trabajo asalariado y no al trabajo en general, en el cual la mujer ya estaba incorporada, obviamente. En una perspectiva global tendríamos que incluir un cambio fundamental: la salarización. En las últimas décadas cientos de millones de personas se han incorporado al trabajo asalariado en todo el mundo (Jonna y Foster 2016).

Respecto al trabajo asalariado en los países centrales, se ha producido un cambio normativo fundamental al pasar de una norma salarial de empleo a una norma de empleo flexible (Prieto et al. 2009). Durante las décadas de la etapa que habitualmente conocemos como fordismo, el empleo «normal» se refería a un empleo estable, con condiciones laborales garantizadas, con negociación colectiva garantizada por la existencia de sindicatos y derechos sociales garantizados por el Estado cuando las personas eran expulsadas del mercado de trabajo (en caso de desempleo y jubilación). Esta es la relación laboral de referencia que se plasma en la legislación. Por ejemplo, en España esto se constata en el Estatuto de los trabajadores donde, recordemos, el empleo fijo continúa siendo el contrato de referencia aunque no sea el más habitual.

Obviamente, esta norma salarial de empleo se refiere principalmente a los varones de las zonas económica centrales o más desarrolladas. Es España no puede hablarse de relaciones laborales fordistas hasta la transición (Aja 2016a): amplias zonas y sectores estaban caracterizados por el empleo temporal (por ejemplo, en la agricultura) y las mujeres no se incorporan masivamente al trabajo asalariado hasta los años 80 y 90. Pero la norma de empleo tiene un carácter político fundamental más allá de su realidad concreta: es el ideal de empleo al que se dirigen las políticas y la legislación laboral.

En contraste con la norma salarial de empleo, la norma flexible actual está caracterizada por la temporalidad y la paulatina pérdida de derechos. El deterioro de los derechos asociados a la norma de empleo es el fenómeno que conocemos como precarización. Es un fenómeno estructural, anterior a la crisis (Aja, Rivera y Revuleta 2007), pero que se acelera en los momentos de recesión. La precarización provoca la individualización de las relaciones laborales, dificulta el trabajo de los sindicatos y socava las bases de las identidades colectivas (Antón 2006). Provoca un efecto de disciplinación, en las personas desempleadas, las temporales y las que tienen un trabajo fijo (Alonso Benito y Fernández Rodríguez 2009; Bourdieu 1999).

Al mismo tiempo, la relación de explotación se extiende colonizando todo el tiempo de vida y mercantilizando las relaciones sociales. Para Vasapollo (2003), el proceso de creación de valor se amplía. Pasamos del obrero masa al obrero social, de la centralidad de la fábrica a la centralidad de la fábrica social generalizada. Como expresan Tsianos y Papadopoulos, la precariedad es (…) la explotación del ‘continuum’ de la vida cotidiana» (2006).

 

6. Proletariado y precariado

Las transformaciones en el trabajo han llevado a plantear la existencia de una nueva clase social: el precariado (Standing 2013). Esta clase se definiría por la inestabilidad laboral y la falta de adecuación entre formación y puesto de trabajo y una situación de desprotección por parte del Estado. Esto llevaría a una articulación de intereses distinta a la del proletariado (Standing 2014a).

Las críticas a la base del concepto de precariado de Standing se centran en su inconsistencia, en que se refieren a regímenes laborales que producen diferentes modalidades de empleo y no a formaciones de clase, y en que se basa solo en la realidad social de los países centrales más desarrollados (Breman 2014). También se objeta que las situaciones de desempleo, subempleo o desempleo pueden recogerse en el concepto marxista de «ejercito de reserva» (Breman 2014; Jonna y Foster 2016). El propio Standing (2014b) ha contestado a estas críticas, subrayando las particularidades de la nueva situación laboral, que le llevan a considerar que se ha constituido una nueva clase a nivel global y que esta va a ser el motor de un posible cambio político.

El concepto de precariado se ha incorporado al análisis funcionalista de la estructura social (Savage et al. 2013). Es un análisis interesante pero que, como hemos dicho, se diferencia del análisis marxista en que se centra en las características individuales, principalmente ocupacionales, y no en las relaciones sociales de producción (Wright 2015). No parece que Standing pretenda limitarse a este nivel de análisis pues sus escritos tienen una clara intencionalidad política transformadora. Afirma también que los intereses de la nueva clase se desplazan de las relaciones sociales de producción a las relaciones de distribución, especialmente a la relación con el Estado (Standing 2014b).

La primera puntualización que podemos hacer a Standing es sobre su caracterización del proletariado. Standing identifica a la clase obrera, marxista, con el trabajador estable, con derechos sociales y laborales garantizados por el Estado, empleado en puestos rutinarios, con una formación media o baja acorde con esos puestos y encuadrados en empresas de tipo fordista (2014b). Esta definición no responde obviamente a la caracterización realizada por Marx y Engels, que por el contrario desarrollaron su trabajo de investigación y político en una etapa en que imperaba la inestabilidad y la carencia más absoluta de derechos. Sin embargo, se tiende a identificar la clase obrera con la clase obrera fordista, obviando este hecho. De hecho, se identifica la crisis del fordismo con la crisis del análisis marxista. Harvey (2003) contaba la anécdota de que sus cursos sobre El capital tenían más alumnos y alumnas durante los años 70 que durante los 90, a pesar de que en estos años la realidad socio-ecónomica desregularizada por la revolución neoliberal era más similar a la descrita por la obra de Marx. Harvey consideraba una paradoja que cuando más aplicable era el análisis marxista, menos se tenía en cuenta, reflexión que podemos extender al análisis de clase.

Un fenómeno contrastado es la decadencia de los sectores laborales de cuello azul. Esta se basa en dos cuestiones: en la reducción de su número relativo desde los años 60 en los países más desarrollados y en el hecho de ser desplazados como público político y electoral central (Crouch 2004). Esto no significa que se reduzca su número absoluto ni mucho menos que esa reducción se produzca a nivel global.

Pero tenemos que poner en duda que la caracterización de clase trabajadora marxista se reduzca al grupo de los trabajadores industriales. Es cierto que la obra de Marx y Engels es ambigua en este punto. En algunas obras parece identificarse clase obrera e industria (Marx 1970; Marx y Engels 1975), pero en otras el concepto se abre, incluyendo a la mayoría de la población que vive de su trabajo (Marx 1975a, 1975b). Tenemos que recordar que en los tiempos en que Marx y Engels trabajan, el moderno trabajo asalariado se concentra en la industria. Posteriormente autores como Poulantzas (1974, 1975) han identificado trabajador con trabajador «productivo» (en la industria y el transporte), pero la mayoría de los investigadores marxistas de las diferentes escuelas han optado por una definición más abierta (Vólkov et al. 1983; Wright 1980, 2015). En la actualidad, la frontera entre trabajo productivo e improductivo se ha hecho cada vez más tenue en la «fabrica social generalizada» (Vasapollo 2003).

La segunda crítica es sobre la oportunidad política del concepto dado que Standing (2013, 2014a) plantea la relevancia política y la capacidad transformadora de la «nueva clase». Wright (2015) y Breman (2014) critican que el concepto divide y dificulta las alianzas entre los sectores más estables o informales de la fuerza de trabajo. Aunque para Standing las alianzas deben basarse en el reconocimiento de las diferencias (2014b), debemos recordar que la fragmentación es una característica estructural de la clase trabajadora (Lacalle 2009), que esta segmentación es necesaria para la reproducción de las relaciones sociales capitalistas y la extracción de la plusvalía (Bowles y Gintis 1977) y que esta división no ha impedido la lucha conjunta, pues de hecho los movimientos obreros más fuertes siempre han sido heterogéneos (De la Garza et al. 2007).

En este punto debemos preguntarnos por qué tanta insistencia es separar a los sectores precarios de la clase obrera que, recordemos, en su definición marxista no tiene por qué ser estable. La clave puede estar en una de las características del precariado: la conciencia específica de pérdida y relativa privación (Standing 2014b). Las aspiraciones de ascenso social han sido rotas por el cambio de modelo económico, es decir, por la crisis del ideal de clase media (para más información sobre este tema: Aja Valle 2016b). El colapso de la identidad de clase media ha encendido la movilización social global durante los últimos años (Alaminos-Chica y Penalva-Verdú 2016). En este contexto, el precariado, tal como lo define Standing (grupos inestables con alto nivel formativo), no nace de la crisis del proletariado marxista sino de la crisis de la clase media fordista. En este movimiento social descendente, el concepto de precariado parece responder a la necesidad de diferenciación social con las clases inferiores; en definitiva, puede esconder la necesidad de salvaguardar parte de las aspiraciones sociales de clase media perdidas.

 

7. Conclusiones: la permanente lucha por la unidad

El análisis de clase marxiano es más complejo y sofisticado que la imagen simplificada que normalmente se difunde. No está exento de contradicciones marcadas por la evolución del pensamiento y por el cambio de las condiciones concretas de lucha política y social, lucha a la que el análisis está ligado. Una de las contradicciones es la relación entre polarización política y fragmentación social. Si bien es cierto que El manifiesto (Marx y Engels 1975) plantea la tendencia a la simplificación y homogenización social, esto se descarta en obras maduras centrales como La lucha de clases en Francia (Marx 1975a), Teorías sobre la plusvalía (Marx 1980a, 1980b) o El capital (Marx 1970). El proceso de acumulación de capital no solo genera fragmentación sino que esta se vuelve necesaria para garantizar la estabilidad del sistema (Bowles y Gintis 1977; Gintis 1983; Gordon, Edwards y Reich 1986; Wallerstein 2004).

El análisis marxista, centrado en las relaciones sociales de (re)producción y en la lucha de clases, adquiere un mayor interés en una época caracterizada por la precariedad laboral. Esto no descarta el interés de otros análisis centrados en las categorías profesionales y otros atributos individuales, pues son análisis que se mueven en niveles distintos (Wright 2015). Por otro lado, el análisis marxista no considera la clase trabajadora como algo dado y definido, sino que es necesario un proceso complejo de auto-constitución. Este aspecto, central en la obra y las preocupaciones de Marx y de autores posteriores, aunque a menudo se olvida, pero adquiere una mayor relevancia en la época actual, en que el neoliberalismo nos muestra continuamente que no existe una «mayoría natural» dada, sino que es necesario disputar las identidades políticas (Hall 1988). Para dar respuesta a los nuevos retos, es necesario un esfuerzo de actualización que analiza la transformación del trabajo. Especialmente importante es abrir el enfoque de análisis de los procesos de acumulación de capital, teniendo en cuenta las relaciones sociales de reproducción imprescindibles para el sistema capitalista y no solo las relaciones de producción (Narotzky 2004).

Hemos visto como la preocupación por desarrollar amplias políticas de alianzas ha marcado el desarrollo del pensamiento marxista respecto al análisis de clase. Desde el análisis del campesinado en el siglo XIX hasta la preocupación por la precariedad en el siglo XXI, la lucha política, y su correlato de análisis teórico, es una línea de continuidad en la historia del marxismo. Se trata de aunar a «la inmensa mayoría que trabaja» frente a «los pocos que viven del trabajo ajeno», utilizando los términos de Marx en La lucha de clases en Francia (1975c:567).

El análisis de clase en la actualidad está marcado por la creciente precariedad laboral. El concepto de precariedad puede ser ambiguo y falto de concreción, como señalan Jonna y Foster (2016), pero no es un concepto vacío, sino que remite a múltiples transformaciones de la relación laboral que suponen cambios importantes también en las condiciones de vida. La precariedad ha transformado la estructura de clases entendidas como agregados socioeconómicos basados en la ocupación. Esto es consecuencia de la ruptura de la jerarquía y la estabilidad de las categorías profesionales fordistas (Boltanski y Chiapello 2002).

Sin embargo, para un análisis de clase marxista, no podemos decir que la precariedad configure un nuevo sistema de relaciones de reproducción y que por tanto inaugure una nueva polarización entre burguesía y precariado. La precariedad es un proceso de transformación de las relaciones laborales capitalista pero no una nueva relación reproductiva permanente. Por su componente político y crítico, inaugura una nueva etapa en la denuncia de la explotación laboral, pero no formas de explotación diferentes de las que han existido (Lacalle 2009).

El concepto de precariado pone en primer plano la lucha de clases, subraya la importancia de la precarización, recupera la centralidad del trabajo y vincula análisis de clase con creación de conciencia; pero deforma el concepto de proletariado, confrontándolo y enfrentándolo, por lo que ni contribuye a un proceso de fortalecimiento de la movilización laboral que solo puede producirse buscando la unidad en la fragmentación. El precariado, en su definición más reducida de sectores inestables con alto nivel educativo (tal como se aclara en Standing 2014b), intenta agrupar a los sectores que han sido expulsados o que no han sido admitidos en las clases medias. Políticamente, la clave es si esos sectores caídos socialmente, fruto de la crisis de la clase media, optan por adaptarse individualmente con la vista puesta hacia arriba en un posible ascenso social o por rebelarse colectivamente, para lo que deberán mirar hacia abajo en busca de aliados.

La precariedad individualiza y fragmenta (Antón 2006), lo que supone un reto para la acción colectiva, base fundamental de la definición marxista de clase. Pero debemos recordar que, frente a una imagen simplificada, la clase trabajadora siempre ha sido diversa (Lacalle 2009), incluso en la etapa denominada como fordista (Gordon , Edwards y Reich 1986). Pero la heterogeneidad no ha impedido desarrollar movimientos obreros fuertes (De la Garza Toledo et al. 2007), aunque estos siempre han requerido un esfuerzo deliberado y se han desarrollado frente a las condiciones objetivas (Hyman 1991, 1996). En nuestro tiempo, la cuestión política clave para quien quiera desarrollar un proceso de transformación social es la construcción de proyectos unitarios de clase sobre las diferentes experiencias de la precariedad.

 

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